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14.06.2010

Un paseo por cementerios y tumbas

El Periódico

Josep Maria Fonalleras

Recuerdo cementerios con vistas, como el de Sète, donde descansa Paul Valéry y donde de adolescente recité versos explosivos y blancos, como las tumbas donde palpita el cielo marino: «El mar, el mar siempre recomenzado». También el cementerio acattolico del Testaccio de Roma, con una visita al jardín donde yace John Keats, «cuyo nombre fue escrito sobre el agua». O el de Deià, con los restos de Robert Graves bajo una lápida de cemento con el nombre del poeta escrito con un punzón cuando el mortero aún debía estar fresco, una incisión humilde escondida por unos cuantos libros de ediciones antiguas, dejados a su suerte. También hay el mar en medio de la sierra de Tramuntana. No soy un fanático de las visitas fúnebres, pero confieso que me gustaría ir a Los Ángeles a comprobar que en el nicho de Groucho Marx no hay ningún epitafio divertido, sino una estrella de David y las fechas de nacimiento y muerte del humorista, No soy un fanático, pero confieso una cierta tendencia al turismo mortuorio que estos días he reencontrado con la lectura de un libro sugerente y sereno, tal como debe ser tratándose de un tema tan delicado. Hablo de "Vint-i-cinc cementiris i dues tombes de les comarques gironines", de Judit Pujadó, editado por Edicions Vitel·la. Descansan en él personajes ilustres como Maria Àngels Anglada, Pla, Rodoreda, Víctor Català o Benjamin, pero sobre todo se encuentran paseos, recorridos a través de tumbas blancas y mediterráneas o de acumulaciones de piedra y musgo, como en Meranges. Cementerios nítidos y secos o húmedos y con tejas de pizarra, como en la Cerdanya. Pequeños, discretos, con delicadas cerámicas novecentistas o llenos de monumentos con esculturas. Quizá no es un libro para llevarse a la playa, pero, como dice la autora, «sin esperar nada en concreto, he encontrado en él muchas cosas».

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