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11.07.2007

El placer de sufrir

la Vanguardia - Culturas

Jordi Galves

La verdadera calidad de un escritor se aprecia mejor en los errores que en los aciertos ya que también existe una manera inteligente de equivocarse que convive con la estupidez en estado puro. Un gran escritor no sólo es el que escribe grades frases, imponentes obras y sutiles conceptos, un gran escritor es el que nunca te hace perder el tiempo, el que, en modo alguno, caerá en según que trampas, ni escogerá los caminos del desastre. Incluso Homero se duerme, claro, pero de qué modo lo hace, qué grande es cuando se distrae o equivoca. Lo mismo sucede con las literaturas, pueden tener deslumbrantes momentos de esplendor, pero su personalidad se comprende mucho mejor en los períodos malos. Eso es lo que le pasa a la literatura catalana, con tantas épocas de fragilidad y desamparo en las que destaca siempre la llama de la dignidad e incluso una emocionante y rotunda calidad frente a la marginación. Si en 1779 Antoni de Capmany, el gran barcelonés, consideraba a la lengua catalana un “idioma antiguo provincial muerto para la república de las letras”, Joan Ramis i Ramis (Maó ,1746-1819), en Menorca, escribía “Lucrecia o Roma libre” (1769), “Arminda” (1771) y “Rosaura o el més constant amor” (1783) y daba al catalán una posibilidad de futuro, un modelo literario que pudiera ser reconocible y aceptado.

Ramis, doctor en leyes, abogado y más tarde magistrado, representa perfectamente el periodo de esplendor económico que gracias al comercio y a la administración colonial convirtieron a Menorca en un territorio de gran categoría. Aunque en 1813, en las primeras elecciones al Ayuntamiento constitucional de Maó, formó parte del partido de los “rancis”, de los caballeros o conservadores, su mundo no tiene nada que ver con el inmovilismo español ni con los nostálgicos de la Inquisición. Su asombrosa biblioteca es la de un ilustrado, la de un lector refinado; sus compañías son Voltaire, Racine, Boileau, Shakespeare, Thomson y Young, Petrarca y Tasso, Virgilio, Horacio, Ovidio o Séneca. Pero tan suntuosa y nutrida colección no hace sino subrayar un elemento importante. Su vocación literaria, aunque modesta, se parece a la de muchos otros desafortunados autores de la literatura catalana de todos los tiempos: empezar de nuevo desde cero, escribir sin modelo lingüístico ni estético. Ramis no parece haber leído a ningún escritor catalán ni se diría que tenga conciencia de pertenecer a ninguna literatura resistente. Lo que conmueve es que escribe en catalán por naturalidad, por la fuerza indiscutible del idioma vivo y soberano en todos los rincones de su isla.

El drama de “Arminda” es menor, es el más modesto de sus títulos y hoy no puede considerarse sino una elegante curiosidad epocal. Ambientado en una imaginaria Catalunya de la Edad Media, su trama es elemental y su abierto dramatismo quizás sea un anuncio de lo que nos traerían los hombres de la Renaixença. El conflicto es moral, la disyuntiva, claro está, se halla entre el amor y el deber, la obligación y la devoción. Los protagonistas son una mujer pobre y un hombre rico. ¿Son superiores los vínculos de la sangre o los del amor? Como en Ausiàs March su nos responde: “el meu gust és patir, pués que la sort lo vol” .

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